Siempre jugaban en la misma estación de tren. Una estación de tren abandonada hace años, donde nada se movía, nada tenía vida.
Pero ellos le daban vida. Cuando los dos atravesaban aquella puerta, entraban en su mundo. Donde habitaban millones de personas, personas que solo existían en la imaginación de aquella chica y de aquel chico.
Luchaban contra grandes dragones, salvaban al pueblo. Siempre eran los héroes. Mano a mano. Como si fueran uno.
Una tarde como cualquier otra, se apresuraban a salvar a un niño de un castillo convertido en vagón de tren. Primero entró él, tenía que comprobar que no había enemigos al acecho. Mientras, ella esperaba la señal. Tres toques en el cristal.
Seguía esperando, siempre alerta. Y de repente, notó que algo sonaba. Era el sonido del tren. Pero no era parte de su imaginación. Aquel tren comenzó a vibrar. ¿Qué estaba pasando? Las puertas se cerraron. Ella intentó abrirlas, pero todo esfuerzo era insuficiente. ¿Dónde estaba su amigo?
De repente, él asomó por una de las ventanas, preso del pánico. Gritó y gritó, pero no podían abrir las puertas.
De repente, aquella vibración comenzó a moverse, sin previo aviso, y sin parar de acelerar. Ella seguía aporreando la puerta, tirando piedras. Seguía intentando rescatar a su príncipe. Pero en intentó se quedó.
El vagón empezó a andar demasiado rápido como para que ella pudiera seguirle el ritmo. Corrió con todas sus fuerzas, corrió hasta que ya no le alcanzaba la vista para seguir viendo el vagón.
Cayó de rodillas al suelo, sin poder parar de mirar al punto donde el vagón habia desaparecido. No se lo podía creer.
Volvió a la estación, con la esperanza de haberse vuelto loca, y que todo aquello hubiera sido una historia más de su imaginación.
Pero no. Allí estaba todo en su sitio, excepto aquel vagón.
Y excepto él. Su fiel amigo, su cómplice y compañero de aventuras.
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